TUKA ORDOÑEZ: EL JUEGO DE LA VIDA

El juego de la Tuca Ordóñez se parece a su vida misma: duro y esforzado.

De pequeño, Ordóñez ayudaba a su padre a cargar productos a embarcaciones que iban hasta Galápagos. Lo hacía en la Isla Trinitaria, lugar en el que vivió su infancia y juventud rodeado de pobreza. Quizás las cajas cargadas al hombro le dieron una fortaleza tal que hoy hacen de él un jugador temido por los defensas. Pero quizás en esos años lo que más fortaleció la Tuca fue su espíritu que lo hizo dueño de una fe inquebrantable.

Ordóñez no fue de esos jóvenes que salen de la pobreza apenas la fama del profesionalismo los encandila.  Para nada. Él curtió la piel en canchas como potreros y con zapatos muchas veces prestados o regalados y faltó a entrenamientos porque no había para el bus. Pero no se venció cuando fue rechazado en algunas pruebas. Y es que al igual que su vida, él no es un jugador suave, dotado de técnica, sino que es más fuerza, un jugador esculpido por el sacrificio y el volver a intentarlo.

Antes de llegar a la Serie A pasó por equipos como Espol, 9 de Octubre, Norte América, River Ecuador, Rocafuerte, Manta, Técnico Universitario, Aucas, todos clubes que, cuando él vistió sus camisas, estaban algunos en Segunda Categoría y otros en la B.

Fue recién a los 29 años cuando debutó en la Serie A con Mushuc Runa. Su fortaleza física lo llevó a ser fichado por Cimarrones de México en el que estaría media temporada en 2016. La otra mitad del año la jugó en Fuerza Amarilla.

Pero fue en 2017 cuando su carrera dio un vuelco al fichar por Delfín. Fue en ese club que lo conocí y vi de cerca su liderazgo en el camerino en el que su fe contagiaba. Yo era director de Comunicación del cetáceo en esa época. La del 2017, fue una temporada con mezclas de sensaciones: se hizo historia al ser vicecampeones y clasificar por primera vez a la Copa Libertadores, pero la final perdida dejó un sabor amargo. Vi a Roberto llorar desconsolado en el camerino. Esa temporada su mamá había muerto y quería dedicarle el título. No pudo ser, aunque dos temporadas después la Tuca alzaría el trofeo de campeón.  La promesa a su madre estaba cumplida. Y es que él parece haber cumplido siempre lo que se ha prometido a sí mismo, aunque la vida se ha obstinado en complicarle el camino. Es como aquel viajero que llega a su destino sin importar las adversidades.

Puertas adentro, más que miedo impone liderazgo. Con su voz firme, motiva a sus compañeros antes de salir a la cancha que para él más parece un campo de guerra. Y es que sí la vida le ha querido dar pelea, él ha tenido que responder.

Fichar por un club grande era otro de sus sueños, conseguido a punta de sudor. Lo cumplió a los 34 años al llegar a Emelec, cuando otros jugadores ya estuvieran caminando a la puerta del retiro. No él, por supuesto, que aún pisa fuerte en la cancha y ya anotó un gol con la azul.

La Tuca ya es un icono del fútbol nacional. Su singular apodo, su físico, lo han convertido en una de las imágenes más memorables de nuestro balompié. Él no se marea. No es un jugador fiestero, sino concentrado en su profesión, Quizá eso le permita, a sus años, estar a buen ritmo.

Su historia, rodeada por un halo cliché de libro de superación, debe servir para entender que, en el fútbol, como la vida, no triunfa el que más talento tiene, sino el que no lo desperdicia.

Ignacio Loor

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