EL VALOR DEL ESFUERZO
Carlos Garcés no la ha tenido fácil. Si le preguntas a algunos de sus compañeros que lo vieron patear una pelota de niño y adolescente, es probable que te digan que no era de los mejores, ni una figura destacada. Había otros: más técnicos, más ágiles, más rápidos, pero menos disciplinados y quizás con menos hambre. Los otros, las figuras, no llegaron a destacar en el fútbol profesional, Garcés sí.

Crecido en La Paola, una localidad de Montecristi, población aledaña a Manta, ciudad en la que nació, Garcés empezó jugando en canchas de polvo y de cemento con los amigos del barrio. Su hermano, Juan Pablo, vio en él lo que otros no lograban ver: su tesón. Se convirtió en su mentor. Lo llevó al Manta Fútbol Club, y allí, categoría a categoría, la piedra se fue puliendo. Garcés debutó en el club celeste. Había logrado algo que otros más talentosos que él, no.
Su disciplina y ganas de superarse lo llevaron a ser fichado por Liga de Quito. Pero su carrera no siempre fue en ascenso, sin embargo donde fue dejó su sello: goles. Jugó en Deportivo Cuenca y dos temporadas en el Atlante mexicano, club en el que todavía es recordado, ya que fue goleador de la Liga de Ascenso. En Cancún, la fanaticada recuerda al ecuatoriano que los hizo soñar con volver a Primera.
Pero ha sido en Delfín, en su ciudad, Manta, en donde Garcés ha vivido las mejores temporadas de su carrera. Su llegada al cetáceo se dio en 2017 y estuvo marcada por un interés del Peñarol uruguayo que no se dio. En Manta, Garcés se envolvió en el cariño de la gente que lo veía como uno de los suyos. La ciudad estaba golpeada en la moral tras el terremoto del 2016. El equipo sintió esa energía y la transformó en catarsis: partido a partido, punto a punto, Delfín levantaba el ánimo de la población. El fútbol como sanación colectiva.
Fue una temporada histórica, pero con un sabor agridulce: el título se había ido contra Emelec; Garcés, un tipo que nunca da nada por perdido, jugó la primera final infiltrado porque estaba desgarrado. Un hematoma cubría su entrepierna. No pudo jugar la vuelta y vio con lágrimas cómo el campeonato se esfumaba. La vida le iba a dar en revancha.
A inicios de 2018 seguía lesionado. Viajó a Uruguay a hacer la pretemporada, pero tuvo que verla desde un costado de la cancha. Conversé con él y estaba preocupado. Parecía que no iba a volver, pero un médico uruguayo pudo recuperarlo. Nada ha sido fácil para el ariete que tuvo que arrancar de nuevo para volver. Se consiguió la clasificación a Copa Libertadores.
Pero fue en 2019, cuando Garcés, todo Manta y Manabí, vivieron el momento más importante de su historia deportiva: ganar un campeonato nacional. Garcés lo hizo como capitán, como goleador y líder. La vida lo había premiado con la copa que le da a los que trabajan como obreros para construirse a sí mismo día tras día.

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