LAS OBSESIONES DE BUSTOS

Fabián Bustos es un tipo de obsesiones. Puede ver hora tras hora fútbol sin cansarse, hablar sobre lo que acaba de descubrir en la pantalla y quizás ya dormido soñar que dirige al borde del campo. No he conocido a alguien tan obsesionado con el fútbol y estoy seguro que eso lo ha llevado al éxito.
Lo conocí muy de cerca cuando compartimos oficinas en Delfín, cuando yo era Director de Comunicación del club. Coincidíamos a diario en las oficinas, él como director deportivo desde el 2017 y también cuando asumió la dirección técnica a inicios del 2018 tras la salida del profe Sanguinetti.
Por eso sé que es un tipo obsesionado porque vi su dedicación de orfebre para armar equipos. Bustos es un tipo que respira fútbol, que ve talentos en jugadores que no están siendo apuntados por los faros de la fama. Como director deportivo del cetáceo, por ejemplo, “salvó” a Pedro Ortiz del olvido cuando decidió traerlo al club en 2016, en su primera etapa como entrenador del cetáceo. Ortiz había terminado el 2015 siendo el arquero más goleado atajando para el descendido Deportivo Azogues. Pero Bustos vio algo en él y Ortiz le agradeció cuatro temporadas después atajando penales decisivos en la final de la LigaPro con los que Delfín fue campeón y con los que pudieron, el DT y el club, celebrar su primer título en la Serie A.
Así mismo trajo en 2017 a un desconocido Pedro Pablo Perlaza, llegado de Colón, un equipo hoy en Segunda. Perlaza vino con los pupos bajo el brazo y aunque con Sanguinetti no jugó, Fabián lo convirtió en el monstruo por la derecha que hoy es.
Tras perder la final del 2017 contra Emelec, Fabián no tuvo tiempo para lamentarse. Enseguida empezó a armar el equipo para el 2018, como director deportivo. A veces me invitaba a ver videos interminables de decenas de jugadores. Allí pude notar lo obsesivo que era con los detalles. “Mirá, como salta, mirá como corre”, soltaba frases como esas mientras se quedaba mirando la pantalla. Así descubrió a Bruno Piñatares y a Williams Riveros, jugadores que hoy lo acompañan en Barcelona.

Recuerdo que el profe era obsesionado hasta para colocar la botella de agua mientras dirigía: siempre la colocaba en el vértice superior izquierdo de su área técnica. Tampoco dejaba sentarse a nadie en una banca en el complejo Los Geranios, lugar de entrenamiento del club. Se había obsesionado con la idea de que, si alguien se sentaba, el equipo perdería. Si veía a alguien acercarse a la banca, gritaba. Después los mismos jugadores no dejaban que nadie se aproximara al lugar.
Fabián es obsesionado con los números. Una vez veníamos de regreso de Ambato y me llamó. “Ignacio, vení a ver esto”. Me mostraba un tuit de un periodista que daba un dato erróneo. Me pidió que lo aclarara. Fabián no dejaba pasar una, pero ha sido el tipo más cercano y más abierto a la prensa que he conocido. Con sus restricciones, claro, pero jamás se opuso a una entrevista. Nunca cambió su don de gente, ni cuando las luces del éxito empezaron a iluminarlo. Aún hoy, cuando solemos hablar, me parece que sigue siendo el mismo tipo con el que solíamos compartir café mientras hablábamos de fútbol en la oficina.
Su carrera no ha ido siempre en línea ascendente, pero nunca dejó de corregir. Cada vez que le fue mal, o perdió, usó el dolor de la derrota para intentarlo de nuevo y de mejor forma. Pasó el año pasado, cuando tras perder la final de la Copa Ecuador, usó ese dolor para convencer a sus muchachos que debían ir tras la gloria, así como en esas películas cuando el bueno, tras cientos de injusticias, tras cientos de batallas, logra un final feliz. Y así sucedió.
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